viernes, octubre 22, 2010

Las bolicas de los bares

Ah, las máquinas de bolas de los bares, ese invento del diablo. Cuántas veces no habremos ido a un bar a echarnos una cervecita y nos habremos topado con una de esas máquinas de regalitos. Claro, hasta ahora no me había fijado mucho en ellas. Pero entre todos los cambios que entrañan la paternidad, está el que resulte difícil no verlas ya.



Hay que ver la cantidad de morralla que te encuentras dentro de las dichosas bolas. Menudo montón de tonterías, chorradas, chismes inútiles… Hacen las delicias de la chiquillería durante cinco minutos, que suele ser lo que tardan en romperse. Porque ésa es otra, me río yo del control de calidad que se supone que deben pasar estos chismes.

Sin ir más lejos, el pasado verano tuve la mala experiencia de que, en un chiringuito medio perdido de la mano de Dios, la bola que nos “tocó” apestaba a chapapote desde varios metros de distancia. Y no llegué a entender qué demonios era el regalo, más allá de un residuo de plástico pasado que en algún momento se asemejó a una especie de lagartija. Se te quedaba pegado en los dedos, realmente asqueroso. De haber encontrado a alguien en aquel tugurio, hubiera sido hasta denunciable.

Pero es lo que tiene el concederle los caprichitos al niño. Estratégicamente llenas de colores y situadas como para no poder evitar no verlas, da igual dónde te sientes en el bar, la maquinita se ve siempre desde tu mesa, y suponen una tentación irresistible con una oferta supervalorada de diversión sin límites a cambio de un mísero euro. Imposible que se coma el potito tranquilo sin antes haberle dado una bolica. Y si tienes a los titos cerca, dispuestos sin pensarlo dos veces en contentar al nene, pues acabas picando. En esto los padres aprendemos rápido, y con la colección de chismes que terminas por acumular, siempre es bueno llevar contigo alguna bola vacía que rellenar con algún juguetico, que poder hacer pasar por nuevo, recién sacado de la máquina.

Lo que no sabemos es durante cuánto tiempo podremos engañar así a la criatura, ni lo que tardará ésta en pedirnos otras cosas. Sin lugar a dudas, estas máquinas de bolas no son sino una trampa mortal. Mortal de necesidad.

1 comentario:

Carlos Martín Puya dijo...

Completamente de acuerdo. Iván se vuelve loco y como los papás ya pasamos del tema porque es verdad que vaya mierda de "regalos" que traen, él directamente se acerca a su abuelo y cogiéndole de la mano le dice "Pepe, las bolas" y lo levanta de la silla y lo arrastra a la máquina. Y claro, el abuelo siempre pica. Probaremos el truco de la bola. Un abrazo.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...