miércoles, junio 27, 2012

Cuenta Atrás para el Festival BSOSpirit: Úbeda 2011

El Festival Internacional de Música de Cine "Ciudad de Úbeda" "Provincia de Córdoba" comenzó este lunes pasado su andadura en su edición 2012 con un inicio por todo lo alto y, aunque por diversas circunstancias, al final no voy a poder estar allí desde el primer día, sino hasta el sábado, espero poder volver de allí con un buen sabor de boca y el saber que la experiencia ha sido todo un éxito.

Mientras tanto, y como preludio final, aprovecho para contar mi experiencia (o lo que recuerde) del pasado 7º Festival Internacional de Música de Cine "Ciudad de Úbeda". Aviso a autoestopistas, porque la entrada es larga como un rollo patatero, y cargada de fotos.


Como se puede extraer con un poco de vista del fenomenal cartel del pasado año, la figura de la música de cine a la que se rindió un sentido homenaje a lo largo del Festival fue nada menos que el gran Michael Kamen. Varios de sus temas más conocidos fueron mágicamente intrepretados tanto en el habitual recital de la noche del jueves (ya que la del viernes se reservó a otro capítulo épico, del que hablaremos más adelante) como en el concierto sinfónico del sábado. Hemos de recordar que dos de los invitados de esta edición, Christopher Lennertz y Blake Neely, habían tenido la oportunidad de colaborar ampliamente con el compositor, por lo que sus experiencias con el mismo añadieron aún más riqueza al programa del Festival.

Con Blake Neely

Como ya comenté con anterioridad en el blog, aquel año ya se notaba un cambio (no diré a peor, lo dejo simplemente en cambio) con respecto a pasadas ediciones. En el 2011 se notó especialmente la crisis, ya no sólo en cuanto a importantes ausencias (amigos a los que esperas ver todo un año, pero que al final se caen del plantel de asistentes), sino incluso a nivel de medios.

Sí que se notó, y bastante, el recorte a última hora en el presupuesto inicialmente prometido para el Festival. Tanto, que aunque finalmente salió adelante (como siempre, y es que no hay recortes que afecten al ánimo de muchos miembros de la organización del evento), tuvo sus momentos oscuros en los que la luz al final del tunel se antojaba inalcanzable. En parte, debido al cambio de equipo de gobierno en la ciudad, y su inicial desinterés (por no decir ya desprecio) hacia el trabajo, no ya del año en curso, sino de los seis anteriores. Y son del tipo de cosas que te tocan las narices y te bajan la moral.

Así estaban las cosas, y así las sentí yo, de modo que era como si aquel año no tuviera el cuerpo para festivales. Como miembro (aunque muy marginal, sólo eché una mano sobre la marcha, y en la medida de mis posibilidades) de la organización, y más como asistente, me sentía bastante desanimado, cansado, por el devenir que habían ido tomando las cosas en el seno del Festival, y por lo oscuro que se presentaba el panorama. Es más, aunque no debería quejarme de esto, por mi escasa participación al respecto, sí que observé cómo volvían a repetirse muchos errores del pasado, muchos aspectos que ya suponía limados pero que volvían a producirse en la parte de organización. Errores de principiantes, o despistes, que se podían y deberían haber controlado más, después de seis años dando el callo. No quiero decir con esto que el festival estuviera mal organizado (ya quisieran algunos eventos de mayor calibre o mayores ínfulas tener la calidad que tiene éste a nivel de personal y rendimiento), pero sí que ciertas cosas se podían haber hecho mejor. Vaya, como siempre.

Volviendo al desarrollo del festival, el citado sentimiento de pesimismo era algo que se notaba en el ambiente, no era sólo yo. Veías que, en general, notabas rara a la gente, como con ánimos de despedida, como a sabiendas de que no le veías continuación al asunto. Supongo que fue precisamente esa sensación que nos embargaba a todos la que, finalmente, consiguió que muchos, entre los que me quiero incluir, por fortuna para mí, sacáramos fuerza de flaqueza y decidiéramos disfrutar del momento. Como si no hubiera mañana. Por si acaso.

Y además, que teníamos un plantel de invitados de lujo, para respaldar ese ¿último? año. Debo reconocer que, en un principio, no había muchos de ellos que me llamaran la atención. Ya podéis tirarme piedras, si queréis, pero me va más un tipo de música y por ello desconocía gran parte del currículum de muchos de los compositores invitados. Un grave error por mi parte, añado, que por suerte pude rectificar sobre la marcha.

Porque tiene delito quejarse de una cartera de invitados que incluye nombres tales como los ya citados Christopher Lennertz y Blake Neely, los ya conocidos por ediciones anteriores Alberto Iglesias, Pascal Gaigne, Bruno Coulais (en calidad de Presidente de Honor) y Óscar Araujo, y nuevos nombres (en cuanto a su presencia en Úbeda) de la talla de Philippe Sarde, Mark Isham, Carles Cases, Gabriel Yared y Bear McCreary. Un nivel de órdago para la séptima edición, ídolos para muchos, y para otros, como fue mi caso, una ineludible excusa para descubrir a nuevos talentos y a grandes maestros.

Con Óscar Araujo

A esa nada desdeñable lista hemos de añadir la presencia "no oficial" de grandes amigos como Marc Vaíllo y Mateo Pascual, de quienes ya pudimos disfrutar en años anteriores y con los que fue un placer (lo es siempre) volver a compartir tan buenos momentos. Naturalmente, la interpretación en el concierto de la suite de Castlevania hacía que el nombre de Araujo pudiera quedar por encima, pero no fue excusa suficiente como para no reconocerles como los incipientes profesionales que son.

Con Mateo Pascual y Marc Vaíllo

A colación de esto, decir que tuve la oportunidad de charlar con Mateo acerca de su no-banda sonora para la producción hispana "Planet 51", de la que finalmente se encargó sólo de la música para el videojuego. Una pena que decisiones y tejemanejes de las productoras devengan en tamaño desperdicio de talento. En fin.

Realmente, y aunque me veáis con el chip "negativo", el séptimo Festival de Úbeda nos regaló momentos realmente inolvidables, y a tener en cuenta. Y pese a parecer que la cosa iba a terminar ahí, aún hubo detalles que marcaban una posible continuidad. Como el hecho de que, por fin, hubiera un trofeo generable en cadena basado en mi personaje de Jerry Spirit, con el que obsequiar a los invitados, y a los galardonados con los Premios GoldSpirits.

Desde hacía un par de años, era inviable el modelo en cerámica, visto que nadie podía recoger el testigo dejado por mi señora esposa, que era quien se dejaba las manos, la paciencia y el tiempo en tener el número justo de trofeos listos, a veces hasta el último momento. Ya el año anterior se hizo una intentona de variar el trofeo, pero visto que no terminó de gustar a no sé quién, en esta edición se optó finalmente por variar la fórmula y dar con quien pudiera encargarse del modelado y preparación de la figura, al tiempo que se daba pie a la replicación en masa (¡por fin!) de la misma, pensando en futuras ediciones. El resultado es excepcional, claro. 


Y ya el detalle máximo, la bomba, hubiera sido poder contar con uno, como "padre de la criatura", pero bueno. Lo considero sólo como uno más de los pequeños fallos del séptimo año, y desde luego, uno de los más sencillos de rectificar.

El 7º Festival de Úbeda, sin embargo, debe recordarse y así debe figurar en los anales de la historia como el que más conciertos y recitales nos ofreció, con respecto a ediciones pasadas en la ciudad. Y eso pese al recorte presupuestario de última hora. Y pese a los típicos fallos técnicos que siempre asoman cuando menos te lo esperas.

Y es que, de contar "simplemente" con un recital (para música no necesariamente cinematográfica) y un concierto sinfónico se pasó a añadir a éstos un prólogo en forma de concierto de presentación a cargo de la Agrupación Musical Ubetense (interpretando un variado elenco de temas míticos y muy reconocibles), un monográfico sobre la obra de Bear McCreary, un concierto coral con el que clausurar magistralmente el evento y... un concierto al aire libre, totalmente gratuito, con el inigualable y emblemático escenario de la Capilla de El Salvador de cortina de fondo. Un sueño largamente buscado a lo largo de siete años de celebración ininterrumpida del festival que por fin se vio cumplido.

Un descanso en los ensayos para el recital ("Tell me if you ever loved a woman") 

En el concierto inaugural con la AMU

En mi opinión, el apartado que desentonó de los anteriores fue, y no porque la música no estuviera a la altura, fue el monográfico de Bear McCreary. Está claro que la oportunidad era única, que para muchos supuso descubrir su obra (más bien redescubrir para mí, ya que conocía gran parte de su trabajo pese a no ponerle nombre o no haberme fijado especialmente en la música), pero el problema estuvo en la elección del momento para ello. A lo largo de estos siete años, nos hemos encontrado con que no hay tiempo material para todo lo que nos gustaría que hubiera en el festival, pero opino que colocar un concierto así, a una hora ya intempestiva (habida cuenta de que hubo algún retraso hasta que comenzó) y justo a continuación de un recital ya de por sí largo, no fue lo más acertado. Supongo que era eso o nada, pero debo confesar que no lo disfruté como se merecía.

Con Bear McCreary

Bear McCreary en sus ensayos

Pero de lo que no cabe duda fue de que el concierto ante El Salvador supuso la guinda sobre el pastel del evento. Vale, quizá el equipo de sonido no funcionara todo lo bien que debiera, quizá el repertorio escogido ("Europa, Europa", una selección de obras de los compositores europeos invitados) no fuera el más acertado dada la acústica y dado el público asistente (aunque numeroso y en parte entregado, hubieran disfrutado más temas más "comerciales"), quizá si el consistorio se hubiera implicado un poco más no hubieran sido necesarias según qué chapuzas de última hora... Pese a todo, fue un momento mágico que Úbeda merecía vivir desde hacía mucho, mucho tiempo, y que por fin se hizo realidad.




Aquí estamos, disfrutando en familia del marco incomparable



Y creo que, precisamente por eso, ese concierto frente a El Salvador sonaba más que nunca a despedida, a "canto del cisne" del Festival de Úbeda, como si con él se quisieran quemar todas las naves antes de poner fin a todo, lo que conseguía que el momento fuera aún más emotivo, si cabe.

 Concierto sinfónico del sábado noche

Así es por lo que, por éstos y otros motivos, se hacía necesario disfrutar del momento lo más posible. Conforme se acercaba el domingo, y la tradicional despedida en el almuerzo de hermandad, se hacía más notorio que no teníamos ni pajolera idea de qué continuidad podía tener el festival. Ante nosotros se cernía el más oscuro de los abismos, un incierto futuro, y lo único que se nos ocurría entonces era hacer piña entre todos y dejarnos llevar por la emoción.


Resultaba a la vez triste pero gratificante ver cómo la sensación predominante de que aquél bien podía ser nuestro último año era aceptada de buen grado, más o menos, por los asistentes, piedra angular del Festival, y el resultado era una mezcla entre resignación y la vez agradecimiento por todos estos años vividos entre lo que casi podía considerarse una familia.

Con Christopher Lennertz



Pero no era el momento de pensar en el futuro, eso ya se podía hacer al día siguiente. Se acusaba el cansancio, y aún quedaba el concierto coral (orquestado por Mikael Carlsson, reponsable de Moviescoremedia) que serviría de broche de oro para el festival.

The Choir Adventure

Acabé contento con la experiencia, pese a que como ya he comentado, no empecé de humor, ni ésta saliera tan redonda, ni mucho menos, como en ediciones anteriores. Al final lo que te queda es la emoción del momento, compartida por todos, y eso es lo que verdaderamente importa.

Al término del 7º Festival, pasados los obligados días de descanso y desconexión, fue cuando se empezaron a dar los pasos necesarios para continuar en la línea y preparar la futurible siguiente edición. Todas las señales apuntaban a que sería en otra sede, como al final ha ocurrido. Por un lado, el Festival necesitaba de un paso hacia adelante en su evolución. Por otro, la apatía y el desinterés de la corporación local, ya evidente durante la celebración del Festival, donde ni siquiera se dignaron a aparecer unos representantes de la ciudad en condiciones, le hacía un flaco favor a la continuidad del evento.

Y como en el cuento, hasta que no le han visto las orejas al lobo, hasta que no se han dado cuenta de la importancia y repercusión de un evento de estas características, no han reaccionado. Demasiado tarde. Un Festival como el de Úbeda no es algo que se pueda preparar de la noche a la mañana, exige un trabajo continuado y unos compromisos previos que no puede cubrir el mejor presupuesto posible. No es cuestión de dinero, la excusa de moda a la que agarrarse en estos tiempos de crisis, sino de dedicación y de interés por parte de los involucrados. Se han de tener en cuenta las agendas de los posibles invitados, y las de los potenciales asistentes, que no pueden reservarse unos días de vacaciones de un día para otro. No, tal y como está el panorama laboral actual. En el fondo, la gente viene al Festival a divertirse, a pasarlo bien, a disfrutar de una afición que le encanta, pero sobre todo supone un sacrificio ya no sólo a nivel económico, sino a nivel laboral y familiar, conciliar todo eso para poder escaparse durante esos días a esta ciudad perdida entre olivos.

Con medios, cualquiera puede montar un Festival de lo que quieras, pero algo como lo que se ha logrado aquí, en Úbeda, a lo largo de estos siete años consecutivos (no hay que olvidar ese importante detalle), sólo se logra con tenacidad, ilusión y ganas de hacer las cosas bien (aunque a veces no puedan salir mejor), y sacrificando muchas otras cosas por el camino.

Todavía pueden darse con un canto en los dientes de que en Úbeda vaya a celebrarse, en las mismas fechas en las que se venía celebrando el Festival, uno más centrado en los videojuegos y el cine de animación, sin perder de vista sus bandas sonoras, PlayFest. Un tema mucho más concreto y con mucho potencial, que sinceramente espero que sepan aprovechar como se merece.


En lugar de lamentarse por la leche derramada, en lugar de entorpecer con torpes y mezquinas maniobras los sueños de un colectivo que opera por amor al arte y en pro de su afición favorita, llega el momento de la verdad, de dejar pasar el testigo del Festival a otra ciudad, Córdoba, y de desearles lo mejor en su nueva andadura.

Esta semana lo comprobaremos. Y espero poder contároslo pronto.

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