miércoles, noviembre 02, 2016

Colegio de la Trinidad: Reserva del 75

Aviso a navegantes: El post de hoy viene cargado de toques nostálgicos, lacrimógenos y edulcorantes, y puede que no sea apto para diabéticos o personas con tendencia a tener caries. Además, me está quedando un tochaco un poco coñazo que ni las editoriales de El País. Por una vez me lo vais a perdonar (¡qué caray, es mi blog y hablo de lo que quiero!), pero luego no digáis que no os lo advertí. Y si lo que queríais ver es el dibujo, está al final del todo. 

Todos hemos visto esas películas americanas donde se reúnen las promociones escolares años, décadas incluso, después de su graduación, para recordar viejos tiempos, montar la fiesta del Encantamiento bajo el mar, compararse canas, reavivar llamas de antiguos amoríos (o enemistades irreconciliables)... Cada uno de estos reencuentros proporciona material para más de una película, en realidad. Y luego pasa lo que pasa. En fin, habrá también quien diga que, como San Valentín o Halloween, ésta es otra más de las costumbres importadas de allende los mares y que bla, bla, bla, los yanquis imperialistas y la madre que los parió. El caso es que todavía no ha metido mano El Corte Inglés para sacar tajada de cosas así, por lo que tan malo no será. Y tampoco está de más reencontrarse con quien llevas desconectado como unos 20 años. Algo queda de aquellos recuerdos.

Precisamente, eso fue lo primero que pensé cuando el pasado verano, un colega, de los poquitos con los que he seguido manteniendo un contacto más o menos continuado desde entonces, me contó que nos estábamos volviendo a reunir, con la idea de plantear una de esas reuniones de antiguos alumnos. Primero con el siempre efectivo boca a boca, y luego haciendo uso de medios tecnológicamente más modernos y de mayor alcance como redes sociales y sistemas de mensajería instantánea. Ah, la Informática, fuente de muchos problemas y de gran parte de las soluciones a los mismos. Que me lo digan a mí, que como de eso.

Nunca me he considerado alguien popular, ni en el colegio, ni en el bachillerato y después la facultad... ni siquiera en el trabajo. Es más, casi podría decir que huyo de casi cualquier oportunidad de destacar que se me presenta. Suelo ir a mi bola, ensimismarme en lo mío, y adherirme generalmente a grupos reducidos. Supongo que por afinidad, al final nos juntamos siempre los mismos raritos. Así ha sido siempre y así seguirá, muy probablemente. Soy uno de esos "socially impaired", como se les llama ahora, que te da "likes" y "follows" en Internet, pero que luego en persona reduce el contacto, al menos hasta que tomo confianza. Y me queda el consuelo de que a veces no hace falta que medie el alcohol para ello. A veces.

Pero, con eso y todo, te acuerdas de la gente. Y, sorpresa, descubres que la gente también se acuerda de ti (y en el buen sentido). Pese a los bailes de clases durante toda mi etapa educativa, pese a que nunca coincidas con las mismas personas, pese a que pierdas de vista a algunas por quedarse atrás, o por circunstancias de la vida... Al final, basta que salte la chispa para que los recuerdos acudan a tu mente, desde los oscuros rincones neuronales donde estaban, por lo visto, todavía, ocultos. Esperando su momento. ¡Ah, el poder de la nostalgia y su aporte dopamínico!

Aparte, se encuentra uno ya en el ecuador de su vida (con suerte) y, por lo menos por lo que a mí respecta, intento arrastrar el mínimo rencor posible. Por supuesto, malos ratos los has tenido en el pasado y los tienes ahora, más los que te quedan por pasar. Pero intento, lo más posible, pasar página y quedarme con lo positivo. Se perdona, pero no se olvida, como se suele decir. Se aprende a elegir qué o quién quieres que te acompañe a lo largo de tu vida, cuando ya son unos cuantos años los que llevas a cuestas, más otros tantos que aún quieres tener por delante. Y tampoco es el caso que nos ocupa, realmente. De mi etapa escolar recuerdo fundamentalmente los momentos más gratos. Que me encontrara con niños (y niñas) con los que no me llevara bien (o no me llevara en absoluto), por supuesto. Que tendríamos nuestros enfrentamientos (algo no muy difícil para alguien con pocas aptitudes para el deporte, como yo), pues también. Pero, como digo, al final me quedo con los buenos momentos, y me siento agradecido por comparar la balanza y ver cómo ésta se decanta decididamente por estos últimos, frente a los negativos. Es más, sería un hipócrita si no reconociera que, seguramente, haya dejado atrás a más gente que tenga más cosas que perdonarme a mí, que al contrario. Y este tipo de reuniones viene bien también para estas purificaciones espirituales.


Unamos a todo esto el hecho irrefutable de que de un tiempo a esta parte ando algo descolgado de lo que acontece en Úbeda, mi tierra natal. El curso de la vida. Pero siempre te queda un ancla por allí, algo a lo que amarrarte y la excusa para dar una vueltecilla por el pueblo cada pocas semanas, aunque sea de manera fugaz y sin tiempo para nada. Y bien es cierto que, como ya comentaba, guardo muy buenos recuerdos de mi etapa en el colegio, en la Santísima Trinidad. Que, pese al nombre y a la ubicación, tampoco era de los religiosos acérrimos. Según parece, en los tiempos que corren, eso también contribuye a que lo recuerdes con más cariño aún.

Así que, sinceramente, en el momento en que me propusieron incorporarme al grupo de antiguos alumnos que buscaban preparar nuestra reunión de reencuentro, no me lo pensé mucho. ¡Por supuesto que sí, iba a ser todo un placer recordar todas esas pasadas experiencias y saber del paradero de compañeros, conocidos algunos y antiguos amigos otros, después de tantos años! Y en lo único que me equivocaba, en lo único en lo que erré mis cálculos, fue en el impacto emocional que iba a suponer ese reencuentro, virtual primero, y cara a cara, llegado el momento. ¡Qué subidón! ¡Tantas cosas que no sabías que recordabas, más las que, habiéndolas olvidado, algún recién incorporado al grupo te hacía rememorar!

Es curioso, esto. Pasada la etapa escolar, puedes seguir en contacto con muchos amigos y compañeros, a otros, desde la distancia, les puedes seguir la pista hasta cierto punto. Y luego están los demás, que siguen ahí, por el pueblo, con los que inevitablemente te cruzas, aunque sea de tarde en tarde, y no medias palabra alguna, con suerte, alguna mirada de reconocimiento, y poco más. Sabéis que vuestra cara os suena de algo, pero en ese momento, no os paráis para nada. Sin embargo, cuando llega este momento del reencuentro, de volver a establecer contacto, todo es nostalgia y buenos recuerdos, y de repente te vienen a la cabeza todas las cosas de las que querrías hablar y todas las conversaciones que te has ido callando hasta entonces. Ojo, que no digo que no sea bueno, que yo soy el primero al que, por mi carácter, me cuesta llamar la atención por la calle a alguien a quien sé que conozco de algo, pero con el que llevo tiempo sin tratar.

Fueron unas primeras semanas intensísimas, de un bombardeo diario impresionante de mensajes, de intercambios de contactos, de incorporación de nuevos miembros descarriados, de recomposición de recuerdos como si de un puzzle se tratara... Verdaderamente emocionante y emotivo. Como ocurre con todo, el eufórico ritmo inicial se fue suavizando y normalizando, los niveles de saturación de oxitocina se rebajan hasta alcanzar un equilibrio... pero no era más que la calma antes de la tormenta, el preludio, durante estos meses, ante la esperada reunión. Se barajaron diversas fechas, intentando alcanzar una masa crítica de presencia en alguna de ellas, dada la disposición y dispersión existente entre el alto número de miembros que iba alcanzando el grupo, y los diferentes compromisos y circunstancias de cada uno... pero finalmente el Puente de Todos los Santos contaba con las condiciones ideales para poder convocar una reunión con garantías de éxito.

Aún así, es difícil, muy complicado, por no decir directamente imposible, poder reunir a tanta gente, todos con un mismo origen, pero con un destino tan dispar. No se pudo localizar a tiempo a todos, algunos causaron bajas por el camino, o peor, a última hora, las distintas circunstancias e idiosincrasias de cada cual, las cuales, sabiendo como soy yo, no voy a discutir ni a criticar... En este tipo de reuniones, al final te tienes que decantar por el "no están todos los que son, pero sí son todos los que están". Carpe diem, bien es cierto que había mucha gente que falló a la que tenía muchísimas ganas de ver y con la que muy probablemente compartía más recuerdo que con el resto, pero, mira, tampoco vamos a hacerles un feo a los que hicieron el esfuerzo de venir. Finalmente nos pudimos reunir y aprovechar a los que estábamos allí, sin dejar, como digo, de echar de menos a los que faltaron.

 
(Foto cortesía de A. Moyar)

Como dijo alguien, cierto es que la carga emocional de esta primera reunión es inolvidable e irrepetible, pero eso no quita que los que a última hora se quedaron con las ganas y los que se lo pensaron demasiado para asistir tengan una nueva oportunidad más adelante. Por intentarlo, que no quede.

¿Qué decir del momento en que nos reunimos, en la puerta del colegio, y nos hicieron pasar dentro (gracias desde aquí al sufrido bedel que tuvo que sacrificar un día no laborable para escaparse y abrirnos, amén de vigilar que no hiciéramos ninguna barrabasada)? ¡Un subidón de recuerdos, que nos inundaron a todos, conforme afloraban las emociones! De repente, 27 años (¡27!) se convertían en un instante irrisorio de tiempo, y era como si apenas hubiera transcurrido un segundo desde la última vez que te viste con tus compañeros en ese marco, que me atrevo a llamar histórico. ¡Tal es el poder de la memoria! De repente, vuelves a ser niño, no hay arrugas, ni barriga cervecera, ni cartón, y recuerdas perfectamente como si fuera ayer las carreras y los juegos por ese patio por el que tantas veces has pasado.

De repente, todo cobra sentido, y comprendes al fin que has llegado hasta donde estás por una razón, que eres quien eres gracias a los compañeros que tenías, y vuelves a tener ahora, a tu alrededor. Que tu estancia en ese colegio, en ese entorno, ha ido marcando tu vida y ha hecho de ti lo que eres ahora. Y, algo muy importante también, ves con complicidad como el resto de los presentes piensa igual, y que tú también, hasta cierto punto, has contribuido, aunque sea un poquito, para bien o para mal, a construir a esas personas, desde los niños que eran. Y, bueno, tan malo no debe de ser, cuando compruebas con alegría y regocijo que no les va tan mal, que la vida les ha tratado bien en general y que ahí están, contigo, para revivir esos momentos tan especiales.

En este punto, sería injusto obviar a quienes también fueron partícipes de ese desarrollo, de esa metamorfosis de niño a adulto, a nuestros profesores. Algunos de ellos ya no se encuentran entre nosotros, y, lamentablemente, del resto no pudimos contar con su compañía por diversas circunstancias. Una pena, no poder compartir todos esos recuerdos, ahora tan vívidos, con ellos también. Hubiera contribuido a enriquecer aún más la experiencia. Si bien es cierto que, desde la perspectiva de un niño, y más en aquella época en la que la figura del docente aún estaba bien valorada y se le reconocía su autoridad, nuestra relación con el "profe" no siempre fue un camino de rosas, ahora, desde la perspectiva que da la madurez y la experiencia (y en mi caso, además, el experimentar ahora esta misma relación, pero desde el otro lado), es irremediable confirmar y reconocer el papel que jugaron estos profesionales en nuestra educación, y como también somos lo que somos, y en el buen sentido, gracias a ellos.

 
(Foto cortesía de A. Moyar)

O a lo mejor es por simple casualidad, pura suerte. Nos tocaron los mejores profesores posibles, al mejor y más preparado grupo de alumnos con ganas de aprender posibles. Puede que haya sido simplemente eso. Aún así, gracias a todos por todo lo que compartimos juntos, por como erais entonces y por cómo sois ahora, y por el rato tan entrañable y divertido que pasamos el otro día. Ya se habla de repetirlo, ahora que los ánimos están caldeados, y espero que así sea, que podamos mantener viva esta tradición de reunirnos los más posibles, aunque sea de tarde en tarde. Gracias a Dios, y a las nuevas tecnologías, ahora es mucho más cómodo y sencillo seguirnos la pista, y más ahora que nos hemos puesto al día, nos hemos visto las caras, y estamos al tanto de cómo nos ha ido en la vida. Confío en que sigamos conectados todo el tiempo que sea posible. Y a ver qué se nos ocurre para la próxima.

Por mi parte, quise también hacer mi pequeña aportación al encuentro, de la mejor (y posiblemente única) forma que sé, y a raíz de una conversación mantenida con uno de mis compañeros y sin embargo amigos el pasado verano (¡hola, José Luis!), comencé a fraguar la idea de preparar un sencillo recuerdo para todos los presentes en la reunión. Era complicado, principalmente por el hecho de que no me considero un buen caricaturista. A eso había que unir que no recordaba muchas de las caras de aquel entonces (de hecho, con algunos es que ni había llegado a coincidir en ningún grupo, por lo que ni siquiera los conocía). Por otro lado, estaba el problema del espacio físico, cómo colocar a tanta gente como merecía estar, sin que aquello pareciera un "Quién es quién" para hormiguitas. Finalmente, el sentido común y el tiempo, que no pasa en balde y se me echó encima, transformaron la idea inicial de un minicómic en una sencilla pero más asequible ilustración, en la que intentar agrupar al máximo número posible de gente, entre asistentes y ausentes. Si os sirve de consuelo, en la historia que pensaba plasmar en cómic planeaba plasmar a todos los presentes como bacilones, y así ahorrarme aún más el trabajo caricaturesco (hubiera colado el chiste de los dos que rajaban de mí con algo así como "qué tío más vago el dibujante, nos ha dibujado a todos igual para ahorrarse los detalles"). Así que al final parece que todos hemos salido ganando.

Como ya apuntaba, no me considero un buen caricaturista, a la hora de captar y dibujar los detalles asociables a tal o cual físico. Me tendréis que creer si os digo que lo intenté, que le puse todo el cariño de que disponía al dibujo, y que traté de representar lo mejor que sabía a todos aquellos de los que guardaba recuerdos, intento transportarlos atrás en el tiempo y representándolos como los niños que fuimos. En algunos casos, las facciones de uno en el boceto previo a lápiz se transfiguraban en las de otro al pasar a tinta, por lo que el resultado final es un batiburrillo, una mezcla de todos con todos, en la que zambullirse en busca y captura del monigote en el que cada uno se vea mejor representado. Pensad también, en mi descargo, que el dibujo representa principalmente el recuerdo que tengo de muchos de vosotros. Y, como les dije a muchos en el momento de regalárselo, si no se veían en el dibujo, igual es que les hacía falta tomarse una cerveza más.

En fin, espero que les gustara tanto el dibujo como a mí me gustó hacerlo, que ya es suficiente. Además, traté de darle un ligero toque de exclusividad, con la impresión y numeración de un número limitado de láminas, con objeto de otorgarle un poco más de exclusividad y autenticidad al regalo. Espero haberlo conseguido. Y sobraron unas cuantas, así que se quedan pendientes para próximas reuniones.

Han sido unos meses fantásticos, para evocar recuerdos de esta etapa tan maravillosa que es la infancia, para impregnarse del rollo nostálgico, desde el instante en que comenzó la andadura de este grupo de cuarentones para reanudar contactos, hasta el momento en el que por fin nos hemos conseguido reunir unos pocos, en la que todos esperamos que sea la primera de muchas convocatorias. Luego, ya veremos qué pasa al final, que si ésta ha sido complicada, vamos a ver qué pasa en las siguientes. Pero por desearlo, que no quede.

Queridos compañeros, las horas que compartimos juntos el pasado fin de semana fueron increíbles e inolvidables, pero no son nada en comparación con todos esos años que vivimos juntos. Me alegro muchísimo de haberos conocido, de haber sido partícipe de mil experiencias conjuntas y de volver a vernos ahora, con la perspectiva que da el paso del tiempo, y comprobar cómo aún se mantiene la chispa de los niños que fuimos. Seguramente se me quedan muchas cosas en el tintero, pero tampoco es plan de alargar aún más este rollazo que os he soltado. Solo me queda despedirme con un ¡hasta pronto!

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